El síntoma no es más que la externalización de la enfermedad. No es más que el apéndice del verdadero mal,
del completo fracaso y de la falta de amor.
El
síntoma es el dinero por trabajo, los libros de autoayuda, los concursos de
talentos.
El síntoma es la mezquindad
humana, los cursos de escritura creativa, los manuales de peluquería.
El síntoma es el asesinato, la
religión, la política. El síntoma es la democracia.
El síntoma es la palabra “paz”,
las pastillas para dormir y el coleccionismo de maquetas aeronáuticas
El síntoma es la prostitución de
Bob Dylan, o la polla de Rasputín expuesta en el museo erótico de Moscú.
El síntoma son las manifestaciones
como lugar de reunión entre amigos.
La enfermedad en cambio, no es
otra que la degradación del individuo a simple miembro del grupo social. Mi
síntoma particular es la falta total y absoluta de sorpresa.
La cura
son los ojos de mi gato mirándome mientras escribo.
Después de todo, las luces se apagarán,
el público se marchará, y el telón caerá encima de vuestras cabezas. Y ni aun
así os daréis cuenta de que el mundo estaba justo detrás. Pasando el decorado.